No seré yo sospechoso de estar contra la libertad de expresión en estos tiempos turbulentos que corren. Precisamente por eso, por hacer uso de este derecho que debería ser inalienable, me permito entrar en materia con lo de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Entiendo que a estas alturas de la vida, ya todos tenemos claro que este tipo de eventos de carácter internacional se montan con la intención de lanzar una serie de mensajes que funcionen para armar una ingeniería social y una línea de pensamiento que, sutilmente, se nos quede instalada en el inconsciente.

Lo de París no sólo ha sido un espectáculo de luz y color para anunciar la celebración de una fiesta deportiva. Igual que en Londres, la imagen de los sanitarios y las camillas tampoco era sólo un homenaje al Servicio de Salud y lo de que la coreografía acabase en algo francamente parecido al famoso virus en el que usted está pensando (sí, ése mismo)…  Tampoco en París el remedo pagano de la Última Cena es sólo un alarde creativo que pretende hacer referencia a los dioses del Olimpo. Ni las imágenes de lascivia que salpicaban sin aparente sentido el transcurso de la antorcha eran gratuitas o un canto a la inclusión, como otros proclaman. Tampoco lo de la guillotina. Ni lo del encapuchado portador de la antorcha: algunos dicen que representa a Caronte, otros a un personaje de un videojuego… Vaya usted a saber. Lo único que tengo cierto es que no es sólo arte lo que impera en una puesta en escena tan arriesgada. Hay un mensaje de fondo: el tiempo nos dirá qué semilla han pretendido implantar.

Ya hemos visto que en los los eventos internacionales, con millones de espectadores, todo se mide al dedillo. Igual que, por ejemplo, las supuestas predicciones de Los Simpsons (otro producto global) no eran casualidades, sino maneras de colarnos ideas sobre la sociedad disfrazadas de inofensivos dibujos animados. Si uno mira con ojo crítico el performance parisino, quizás atisbe lo que nos va a tocar de aquí a poco.

Los escépticos de todo —como yo— pueden ver, por ejemplo, cómo se diseminan ideas sobre el buen y el mal ciudadano en productos de entretenimiento masivo. Eche un vistazo, si le apetece, a este tráiler. Esta gran producción de Hollywood se llama La gran apuesta, es del año 2015 y refleja lo que sucedió en 2007-2008 con la crisis de las hipotecas sub prime. Es decir, todo sucede mucho antes de la llamada pandemia del covid. Todos los personajes de la película están obsesionados por el dinero. Sólo uno, encarnado por el guapo de Brad Pitt, tiene sensibilidad social. ¿Y qué es lo que lleva durante un par de segundos este ejemplo de buen ciudadano? Mírenlo ustedes mismos. ¡Pum! Idea implantada. Reconozco que yo tampoco me di cuenta la primera vez que vi la peli.